• Adriana Rodríguez

Ábreme la puerta

Actualizado: 24 de dic de 2019

Sentado junto a la gitana escuchó sin emoción los presagios que ella le hacía. Le pagó con unos billetes que sacó de su bolsillo y los tiró por encima de la mesa. No le había gustado para nada las palabras de la gitana. Caminó a su casa y para calmar el ofuscamiento decidió entrar al baño y lavarse la cara. Se miró en el espejo que estaba resquebrajado en la esquina inferior. “¡Mierda!”, dijo. “Otros siete años de mala suerte. Lo que me faltaba.” Se tiró más agua fría, a ver si con eso se levantaba de esta pesadilla que era, y probablemente sería por siempre, su vida. Salió del baño y se desplomó en el sofá destartalado que decoraba su sala. Había estado en la calle todo el día con el tráfico y la multitud en las calles, y siempre mirando a sus espaldas. Finalmente tenía un momento de paz y cerró los ojos.

De pronto se escuchan unos golpes fuertes en la puerta. “¡Ábreme, carajo! Sé que estás ahí mierda. Espera que te agarre nomás, conchetumare.” Era él. Lo había evadido todo lo que había podido, pero ahora, como dijo la gitana, era momento de enfrentarse a su destino. En ese departamento vacío no había ni un cuchillo con el cual defenderse, así que agarró la escoba de madera y se dirigió a abrirle la puerta a su muerte.


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