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  • Foto del escritorAdriana Rodríguez

Humo

George entreabrió los ojos y pensó que todavía estaba durmiendo. Usualmente, por alguna razón misteriosa, sus sueños eran siempre en blanco y negro. Aunque no mostraban violentos actos igual lo llenaban de terror: la ausencia de color era una de sus peores pesadillas. 


La segunda vez que intentó abrir los ojos esa mañana, se detuvo un momento y lo pensó mejor. Movió sus manos primero tocando los objetos  en el espacio lateral de su cama, entre  el angosto colchón y la tarima, para cerciorarse que estaba en efecto en su dormitorio: la madera del borde, el colchón con el parche para cubrir el hueco que le hizo el gato y finalmente el espacio entre su colchón y el borde de la cama. Ahí congregaba una colección de diminutas esculturas abstractas hechas con retazos de vida que hallaba en los más inesperados lugares: debajo del asiento de un bus, en los carritos del supermercado o en el fondo de su mochila. Sólo él conocía cómo estaban hechas estas estructuras, sus tamaños y dimensiones, había pasado mucho tiempo dando forma a esas tapas, cartones y clips. Si no estaban ahí o eran diferentes de alguna forma, entonces sabía que sólo estaba soñando. 


En efecto sus dedos reconocieron las pequeñas figuras, alineadas una detrás de otra. George respiró aliviado. Entonces se embarcó a abrir los ojos y llenarlos de fiesta ese día: estaba en la mitad de la primavera y las flores le tocaban la ventana. Pajarillos verdes, azules, rojos, se posaban en su jardín y los veía aterrizar constantemente. Si abría las ventanas sin hacer ruido, incluso podría ver a las mariposas revolotear por el aire. Le encantaba ver a las pequeñas orugas posarse sobre las ramitas de los hinojos y días después convertirse en majestuosas mariposas. 


Cuando se disponía a abrir una de las hojas de la ventana, escuchó un ronroneo que lo detuvo. Volteó la cabeza y reconoció a su gato Humo. Le había puesto ese nombre porque sonaba a homo, de homo sapiens, pero también porque era gris como el humo. Le dió una mirada rápida y sin importancia y procedió a abrir la ventana. El gato lo quedó mirando fijamente pero no volvió a hacer otro ruido. George se había abandonado al espectáculo de color que tenía en ese rinconcito de la ciudad. Sabía de la mala fama que tenían las ciudades, las selvas de concreto, por eso este lugar era su tesoro. 


Un viento sopló más de lo debido y decidió que el espectáculo había estado fantástico esa mañana pero ya era hora de empezar el día. Pensó que su polera roja sería ideal para vestir hoy porque era gruesa y abrigadora, casi como tirarse una manta encima. No como la verde que dejaba colarse el aire porque era de un algodón muy liviano. Esa era para el verano. 


Se dirigió a su clóset para buscarlas y se percató que el gato todavía estaba ahí casi en el dintel de la puerta y que lo miraba fijamente como si esperara una respuesta de él. Pensó que eran cosas de gatos, que tal vez estaría buscando comida, pero ni él había tomado desayuno entonces tenía que esperar. Habían prioridades. “Humo, anda para allá, ahorita voy a la cocina”, le dijo. El gato no se inmutó. 


Ahora George se hundía en el clóset porque la polera roja no se dejaba ver. Había encontrado su chompa azul del trabajo anterior y una camiseta amarilla manga larga de la época de la universidad que ya creía perdida. Cuando finalmente se rindió, pensó en caminar hacia la lavandería, de pronto estaba en el canasto de la ropa sucia que no había terminado de lavar el fin de semana. Dio un paso atrás, sacó el cuerpo del clóset y posó la mirada sobre la puerta de la habitación. Se dio cuenta que el gato había avanzado algunos pasos, y para su horror, parte de la habitación había perdido su color. Atribuyó este ligero cambio al hecho de que había pasado varios minutos en la oscuridad de su closet, nadando en el mar de su ropa. Abrió y cerró los ojos varias veces, tratando de enfocarlos y volver a la normalidad, pero al contrario la mancha que le quitaba los colores a todo se iba haciendo más grande. George entró en pánico. Su peor pesadilla se volvía realidad. Corrió a su cama y buscó los pequeños juguetes, las estructuras creadas por él, las que lo centraban, y estaban ahí, eran las mismas de siempre, pero la mancha no se iba. No estaba soñando, le estaba ocurriendo esto despierto, con los ojos abiertos y en este momento preferiría estar dormido. 


Escuchó otro ronroneó, el gato otra vez volvió a su campo visual. “Humo, ¿qué está pasando?”, dijo en voz alta. Humo avanzó dos o tres pasos, con esa caminada felina, sinuosa y segura, que tienen los gatos. A medida que Humo avanzaba la habitación perdía más y más color. Primero, fue la puerta y los cuadros colgados en las paredes adyacentes a ella, luego la lámpara amarilla que le regaló su hermana y ahora eran los zapatos, la toalla celeste que había dejado en el piso, su mochila, la guitarra de toda la vida y hasta su cama. Todo en tonos de gris. 


Humo avanzaba y lo miraba, como diciendo tú te lo buscaste. George captó este reproche. “Humo, ¿eres tú el que está haciendo esto? ¿Por qué estás actuando así? Humo, para esto”, le ordenó. Humo respondió con un ronroneó despreocupado. No tenía las menores intenciones de detener nada, ni de dejar de absorber todos los colores. George no había sido un humano merecedor de todos sus regalos y consideraciones y eso no se le puede hacer a un gato. Eso lo saben todos los humanos. Pero George había sido desagradecido. Hace solo dos semanas Humo le había traído un par de ratones que había cazado en el jardín antes de que se metieran en la casa y arruinen todo. No los había matado del todo porque no era un bárbaro, sólo les había mascado un poco el cuello y ya no podían moverse, no había forma que sobrevivieran con toda la sangre que habían chorreado en el piso así que no necesitaba ser más brusco. Se los había dejado a George en la sala, para que los viera cuando llegara del trabajo y supiera que había dejado la casa en buenas manos y que él contribuía con su parte del trabajo doméstico. Pero George había reaccionado terriblemente. “¡Aaaajjj, ¿quién ha dejado esto aquí?! Humo, has sido tú ¿quién más va a ser?”, le increpó. Le dijo que era un asqueroso, que no quería más de esas cosas y que mejor era no tener gato porque hacían estas cochinadas, y también se acordó de la vez que Humo se orinó en la alfombra nueva. No pudo entender que  fue porque se sentía muy rica y George no había comprado la arena para la caja todavía porque dizque se olvidó. Piñata, para todo hay consecuencias. Y para su desagradecimiento también. Así que me llevo todos los colores y me quedo dueño del jardín que tanto amas, George. 




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