• Adriana Rodríguez

Escape de la isla - Parte 2

Actualizado: 28 de jun de 2020

Esperanza conoció a Raúl cuando empezaron a asignar tareas para poder pasar la noche. Él era un biólogo con acento caribeño y dulce piel tostada. Ella, que sabía un poco de plantas, pensó que podría aprender algo de él y evitar comerse algo venenoso. Raúl esbozó una breve sonrisa cuando vio que ella había levantado la mano para acompañarlo a buscar algo qué comer en ese bosque tropical. Sin embargo, no era momento para sonrisas. El barco en que venían acababa de explotar y no sabían por qué. O al menos no todos.


Esperanza también se acercó a hablar con sus compañeros, miembros de la tripulación que saltaron al agua como ella. Se abrazaron, empezaron a sollozar. Trató de animarlos con “al menos, el barco se hundió en la selva tropical y no en el Polo, como el Titanic. Pudo haber sido peor”, les dijo. Algunos dejaron de llorar. Miraron a su alrededor y vieron las costas doradas, de playas suaves y azules como foto de catálogo de turismo. Puede ser que esto no sea tan malo, pensó más de uno.


No, no sabemos cómo se llama exactamente esta isla —escuchó a alguien decir con voz fuerte detrás de ella— pero nos van a venir a buscar rápidamente. Estábamos sólo a dos horas de nuestro destino final en Camelias.


¿Camelias? Nunca había escuchado hablar de ese lugar. Se volteó y empezó a mirar más fijamente a la persona que estaba hablando ahora.


Cálmense. Nos vendrán a buscar pronto y nos llevarán a casa. Sólo necesitamos un lugar para pasar la noche y algo qué comer. Tal vez hacer una fogata para que nos puedan ver a distancia —decía este hombre, relativamente joven, pero con una barba que parecía que ya era un náufrago por varios meses—. Vamos a estar bien.


Lo que decía tenía sentido. Además, todos querían creerle. No había otra opción para escoger tampoco.


***


Esperanza podía sentir la arena caliente bajo sus pies mientras caminaba con dirección a la entrada del bosque. Raúl iba a su lado en silencio. A medio camino, él decidió romper el hielo:


¿Tenías mucho tiempo trabajando en el barco?


Esperanza se sorprendió un poco con la pregunta.


Más o menos. Cuatro años. ¿Y tú?


Bueno, yo no trabajaba en el barco —dijo Raúl queriendo bromear.


No, me refiero a… —empezó a decir Esperanza sintiéndose un poco tonta.


No sí, ya sé a qué te refieres, disculpa. Un año. Con este grupo de investigadores, un

año. Y soy Raúl. Raúl Castellanos.


Esperanza La Rosa


Mucho gusto —dijo Raúl.


Igualmente —dijo Esperanza, pero no se dieron la mano. Sólo siguieron caminando.


Por fin se adentraron en el bosque y Raúl le indicó qué plantas buscar. Parecía que él ya había estado por estos lares. Encontraron en un dos por tres las plantas que él mencionó. Esperanza, todavía afectada por los eventos, empezó a recoger los frutos de esos árboles con brazos largos y colgantes. Parecía casi un juego, casi un momento para disfrutar. Esperanza se relajó un poco y le regaló un par de sonrisas a Raúl mientras éste le pasaba las frutas que tenía en exceso. Se sentía muy cómoda con la compañía de él.


Raúl le contó de su vida en Colombia, de su trabajo en las diferentes universidades alrededor del mundo, de cómo conocía a este grupo de investigadores. Jonah Brunswick los había convocado para conformar este equipo de investigadores con el auspicio de un consorcio de empresas que profesaban conciencia medioambiental. Esperanza le contó de todos los lugares que ya había visitado, de su afición por paseos en bicicleta y de su mini huerto en casa. Se lo dijo usando cuatro idiomas diferentes pero Raúl solo pudo descifrar tres. Cuando ya estaba ocureciendo y tenían que regresar, sus manos se rozaron y Esperanza sintió un chispazo. Si esto sólo iba a durar una noche, pensaba que iba a ser muy plácida después de todo.


Salieron del bosque y avanzaron hacia un grupo congregado alrededor de una fogata. Todos esperaban ansiosos los frutos, entre dulces y ácidos, que ellos traían. El líquido del que estaban llenos esos frutos amarillos les quitaban la sed.


Para esta hora ya se deben de haber dado cuenta de lo ocurrido. Muy pronto estarán por venir por nosotrosdecía Jonah, el que parecía náufrago. No se sorprendan si en medio de la noche escuchan ruidos de alguna nave que nos esté viniendo a recoger. Hay que hacer turnos para vigilar la playa, para estar atentos cuando vengan.


Dos chicos levantaron la mano ofreciéndose para tal tarea.


Muy bien. Ahora descansen lo que puedan dijo Jonah mientras cogía la fruta que le acababan de pasar.


Un grupo de gente había hecho unos cobertizos improvisados con unas ramas y las hojas de unas palmeras. La arena era suave y tibia. Dado todo lo que había pasado, eso les era más que suficiente para dormir. Eso, si podían dormir.


Esperanza pensó en continuar la conversación con Raúl pero vio a Filipa, una compañera del barco, y decidió sentarse con el resto del grupo de camareros, cocineros y demás que habían estado en ese barco infame. Filipa, ya más tranquila, la convenció de que se echara al lado de ella y le ayudó a identificar las constelaciones que podían ver. En su país Filipa había estudiado astronomía, pero el sueldo que ganaba trabajando para el estado era cinco veces menos que lo que podía sacar en los cruceros. La astronomía era su vocación pero darle de comer a su familia, su mandato. Esperanza se maravilló al ver ese cielo salpicado de luz. Nunca había podido realmente ver las estrellas desde su ciudad. Ahí, ni oscurecía, su cielo siempre era un constante gris, aunque de diferentes tonalidades.


Poco a poco, Esperanza se fue dejando llevar por el arrullo de las olas del mar, por el viento fresco y el cansancio del día. Había sido demasiado. Ahora la noche estaba tranquila y en silencio. Los murmullos habían cesado, casi todos durmiendo o tratando de dormir, con excepción de los vigías que mantenían el fuego mientras conversaban calmadamente.


De repente, a lo lejos se escucha un aleteo metálico. No se ven luces pero se escucha el tacatacatacatacataca anunciando la llegada de un objeto por los aires.


—¡Ya están aquí! ¡Levántense todos! ¡Ya están aquí! —exclamaron los vigías extasiados.


A medida que se va acercando, se ven las luces de ese aparato. Es un helicóptero que empieza a descender lentamente. Todos se levantan como resortes. Gritan en júbilo. El helicóptero sin embargo no busca un espacio claro para aterrizar, sino que empieza a sobrevolar sobre sus cabezas. Un poco confundidos algunos empiezan a retroceder y de pronto, son atacados por algo que los hace caer, algo irrisorio pero que los deja aturdidos: pequeñas pelotas de hule.


Esperanza, que ya había entrado a un sueño profundo. fue una de las últimas en levantarse así que no llegó a acercarse demasiado a donde estaba el helicóptero. Se cubrió con una palmera y escapó en dirección opuesta. Raúl la vio correr y la jaló detrás de unas rocas cóncavas. Los demás se habían esparcido por la playa como cucarachas cuando se prende la luz.


Todos debieron morir. Nos encargaremos de eso. Regresaremos pronto a recoger sus cadáveres dijo una voz amenazante a través de los parlantes.


Inmediatamente después se escuchó una canción romántica, una de esas que hacían suspirar a la madre de Esperanza. Todo esto era muy desconcertante.




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