• Adriana Rodríguez

¿Estás listo? -- Parte 1

Actualizado: 3 de may de 2020

¿Estás listo? —dijo Manuel.


—Sí, ya, apura —dijo Fermín mirando el cadáver.


Y procedieron a mover el fardo con el cuerpo de aquel vecino que nunca los había hecho entrar a su casa, la cual ellos ahora habían tenido que invadir por el patio.


Era verdad lo del peso muerto, eso de que uno pesa más que cuando se está vivo. O al menos así le pareció a Manuel. O tal vez era el ángulo en que lo estaban cargando. O el fastidio de tener una pañoleta en la boca que parecía que se iba a caer con cada movimiento. O tal vez sus brazos iban perdiendo la fuerza de hace unas semanas. Tantos días confinado en casa, sin usar sus brazos con las cajas del almacén donde trabajaba, lo estaban debilitando.


Pero ahora había que enfocarse. Cómo sacar ese cuerpo tóxico, envenenado, que ya se empezaba a descomponer, era la tarea que tenía frente a él. Al menos tenía a Fermín para que le ayude, aunque a veces no lo veía tan convencido y definitivamente Fermín mostraba muchos más reparos en cómo proceder con el cuerpo sin vida del vecino. Lo que pensó que iba a tomar minutos, se había convertido en toda una serie de protocolos inacabables que le daban tranquilidad a Fermín pero a él lo ponían al límite de su paciencia.


—Ya mira, con esta frazada que encontré lo podemos llevar —dijo Manuel determinado al comenzar este proceso.


—Pero ¿cómo? Está en su cama. No lo quiero tocar. No nos vaya a pasar algo —dijo Fermín con cierto temor, dándose cuenta de lo que estaban por hacer.


—No, yo tampoco. Ponemos la colcha en el suelo y lo rodamos hasta que caiga encima de la frazada.


—¿Y si se rompe un hueso? —espetó Fermín, sorprendido e incómodo por la falta de consideración de Manuel.


—Creo que ya no le va a importar —dijo Manuel, quien se había dado cuenta del ligero reproche de su compañero, y trataba de usar un tono más respetuoso.


—Sí, pero eso no se hace con los finados. ¿Cómo lo vamos a botar así nomás al suelo?


—Ya, ¿y qué quieres que hagamos entonces? Tú cárgalo, a ver… Yo lo quiero sacar porque no quiero que ni mi Maryori ni mi Kayla se contagien. Además que ahorita va a empezar a oler y va a ser insoportable —dijo Manuel perdiendo la paciencia.


—Pero yo te dije para llamar a la policía —le recriminó Fermín.


—Pucha, no, ya te dije que no. Después vamos a ser los apestados del barrio. Nadie le va a querer vender nada a nuestras familias, nos van a mirar mal, nos van a gritar cosas, no vamos a poder salir pero ni a botar la basura. ¿Qué vamos a comer? ¿Quién nos va a ayudar? Sólo nosotros. No, no, así nomás. Lo sacamos en la noche, como acordamos —dijo Manuel firmemente mientras apoyaba sus manos en la cintura.


Manuel y Fermín habían decidido tomar cartas en el asunto la mañana en que dejaron de escuchar los espasmos de aquel anciano. Manuel, que vivía al lado derecho del anciano, se había dado cuenta primero de la enfermedad que atacaba a su vecino un día que fue a barrer las cacas de la perra en su azotea. Escuchó a alguien toser, pero no se animó a decir nada.


Desde hace varios años sólo se había limitado a saludar educadamente a ese señor de al lado que de vez en cuando se encontraba en la puerta, todavía usando bastón y sombrero. Manuel se había mudado hace unos diez años así que no conocía la historia de ese señor reservado y hasta un poco amargado que vivía solitariamente en esa casa de un solo piso.


Los que sí llevaban una vida en el barrio como Fermín, el vecino del lado izquierdo, sí se acordaban de aquel anciano en días más soleados. Sus hijos varones, su esposa, él saliendo de esa casa para trabajar todos los días a algún punto de la ciudad. Debía de haber sido algún lugar modesto porque nunca se le vio elegante y el uso de bastón y sombrero eran puramente por razones prácticas.


Pero luego hubo un funeral en esa casa. La esposa murió de una enfermedad que tuvo escondida dentro de ella por años pero que cuando se develó, la fulminó rápidamente. De por sí el vecino ya era serio y reservado, y ésta súbita muerte de su esposa lo cerró aún más.


Sus hijos adolescentes pero indescifrables como él, hicieron lo que pudieron por seguir una vida normal con su padre, pero con el tiempo los dejaron de ver por el barrio también. Se veía al anciano salir a comprar de vez en cuando o a comer al pequeño restaurante donde vendían menú. A veces le abría la puerta a una mujer que le dejaba alguna fruta de su tierra.


—OK, ¿qué te parece si ponemos varias frazadas o cojines o lo que encuentres en el suelo, lo tapamos con la colcha y luego lo empujamos y se cae en esas cosas y ya no se rompe nada? —retomó Manuel un poco más calmado y paciente. Debía tener a Fermín de su lado. Él no podría hacer esto sólo, o tal vez podía, pero definitivamente, no quería hacerlo solo.


—Ya. Eso está mejor.


Fermín se fue a buscar lo que pudo en esa casa escueta. No habían muchas comodidades, sólo cosas prácticas: una silla de madera, una mesa de fórmica y aluminio, un estante para la radio, unos sillones escuálidos como si no esperaran ninguna visita. No habían cojines qué usar ni nada que diera confort. Consideró en usar las cortinas pero luego pensó que sería mala idea. Alguien en el barrio podría estar observando.


Caminó de regreso a la habitación donde Manuel miraba el cadáver fijamente, estudiando como mover el cuerpo con la menor cantidad de toques. Pensaba de dónde lo iba a asir y si la frazada iba a ser suficiente. Fermín en cambio pensaba ¿qué iban a hacer con el cuerpo una vez que lo sacaran? ¿Dejarlo al sol, así nomás? Todavía hacía calor estos días y hay niños cerca. Se le vino a la mente una momia inca. Habría que enfardarlo.


—Ya mira, con esto —dijo Fermín, mostrando una pila de ropa. Es lo único que pude encontrar.


Tiró los sacos al suelo, los pantalones casi sin usar y unas camisas de franela.


—Ya, ahora sí —dijo Manuel, listo para terminar con este proceso.


—Pero espérate, hay que envolverlo primero —dijo Fermín.


Con bolsas de plástico transparentes a manera de guantes procedieron al enfardamiento. Lo movieron hacia un extremo de la cama y colocaron la frazada pegada a la sábana y luego lo enrollaron como el pionono que se comió Manuel el domingo pasado, su último recuerdo de comer algo rico. Así fue más fácil dejarlo que cayera al suelo. Es más, parecía el siguiente paso natural.


Una vez que depositaron el cuerpo en la frazada ubicada en el suelo Manuel respiró. Trató de no tocarse la frente, aunque chorreaba de sudor por todo el esfuerzo. Su pañoleta recogía las gotas de sudor de su cara. Fermín en cambio estaba pálido y frío. Su rostro parecía más encogido detrás del pedazo de tela que le cubría la nariz y la boca. De repente, Fermín se dio cuenta de un detalle.


Manuel…


¿Qué?


La cabeza


¿Qué pasa con la cabeza?


Que se le ve la nariz, los ojos.


¿Ya y?


¿Y si lloró antes de morir?


Pucha, ya empiezas con esas vainas.


No, sino es que puede contagiar, ¿no? Los mocos, las lágrimas, todo lo que sean líquidos que salgan del cuerpo, ¿no dicen?


Ah ya, sí, tienes razón. ¿Qué hacemos? ¿Le ponemos una bolsa y se la amarramos al cuello? Voy a buscar una en la cocina.


No, no, ¿cómo vas a hacer eso? Va a parecer que lo estamos ahorcando. Mejor otra colcha… o una camisa grande.


No creo que le vaya a importar.


Fermín lo miró con exasperación.


Te va a venir a jalar las patas a ti —dictaminó.


—Ya, ya, ya, a ver —dijo Manuel resignado.


Y procedieron a añadir una capa extra de protección. Finalmente, usaron unas correas que encontraron encima de la silla y los pasadores de los zapatos del anciano para dejarlo todo bien sujeto.


Después de todo el trajín salieron al pequeño patio, donde estaba el caño para lavar la ropa. Ahí, ubicaron la barra de jabón Bolívar y procedieron a quitarse la bolsa y las pañoletas. Se lavaron todas las partes del cuerpo que podían parados uno frente al otro.

Se conocían y se hablaban, hasta habían jugado unas pichangas juntos pero nunca habían llegado a ese nivel de confianza, de verse en paños menores tratando de arrancarse la primera capa de epidermis.


Ya empezaba a oscurecer. No habían traído sus celulares y no querían encender las luces. Algún transeúnte o policía curioso los fuera a ver. Querían sentarse, pero no querían usar nada de esa casa que no fuera necesario, todo podía estar contaminado.

Manuel agarró un trapo que estaba al borde y un poco de detergente en polvo de una bolsita abierta al costado del grifo. Con eso trapeó el piso cercano a la pared.


—Que se seque un rato y ahí nos podemos sentar.


Y así fue. Esa ubicación fue precisa porque unos minutos después empezó a pasar la policía con sus luces rojas y su megáfono sonando Contigo Perú a todo volumen. De vez en cuando se escuchaba una amonestación a uno de los pocos transeúntes que quedaban en las calles. Se quedaron en completo silencio mientras todo eso duró.

Cuando ya no se escuchaba ningún ajetreo, Fermín dijo:


—Oye, ¿ y si se nos cae cuando lo estamos sacando?


—No se va a caer. Además, ya pues, lo volvemos a levantar.


—Ya, pero ¿y no hará ruido?


—Pero quién va a escuchar si nosotros somos los vecinos de al costado. No creo que tu mujer vaya a salir y yo ya le dije a la mía que por nada se asomara, escuche lo que escuche, y que no le diga nada a nadie.


—No sé cómo me convenciste para hacer esto —dijo Fermín, mientras pensaba en hace unos días cuando Manuel lo abordó mientras Fermín recogía la ropa en su azotea.


Después de silbarle para llamar su atención, le había sugerido su plan.



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