• Adriana Rodríguez

¿Estás listo? -- Parte 2

Realmente, lo había intentado pero Fermín no se daba cuenta de lo que estaba pasando, de la magnitud de esta muerte, de cómo los afectaría a ellos. A pesar de que Manuel sentía que esta era la ruta a seguir, no se atrevía a decirlo en voz alta todavía.


—Oye, ¿escuchas al vecino? Está que tose y tose, desde ayer —agarrándose la quijada.

—¿Así? Pucha, hay que avisarle a su familia — Fermín dijo mientras descolgaba las camisetas de sus hijos.

—¿Tú los conoces? ¿Te hablas con ellos?

—Un poco… Los saludo… cuando vienen.

—Pero no van a venir ahora pues. ¿O tú los has visto?

—No, para nada. Sólo vi a la señora que le deja la fruta hace unos días.

—Ya, oye… este… yo creo que le ha dado el virus.

—¿Cómo sabes?

—Porque tose y tose. Y Maryori me dijo que hace un par de días lo escuchó hacer ruidos como quejándose…

—Como dicen que es la enfermedad…

—Sí.

—Habrá que avisar a la policía entonces…

—Yo traté de llamar a ese número que dan y nada. Te ponen en espera. Además, es personal, o alguien de la familia… y yo ni sé cómo se llama el señor.

—Fernández. Sé que se apellida Fernández —dijo Fermín.

—Ya, ¿y su primer nombre?

—Ni idea —dijo Fermin encogiendo los hombros.

­ —Si la cosa se pone fea… —empezó a decir Manuel usando una voz de críptica.

—¿Cómo que si se pone fea?

—Si se pone fea… si se muere, ¿qué hacemos?

—¿Cómo que qué hacemos? Avisar a la policía.

—Bueno… vamos a ver qué pasa. Ojalá que todo se arregle.


Pero no se arregló. Por el contrario, se le escuchó toser toda la noche hasta que por la mañana dejo de hacer ruido.


—¡Vecino! ¡Vecino! —llamó Manuel— ¿Cómo sigue?


Nada. No se escuchaba una respuesta ni un movimiento. Manuel insistió.


—Haga un ruido. Algo.


No hubo respuesta. Sólo el zumbido de un helicóptero que sobrevolaba la ciudad a lo lejos.


Esperó a que Fermín subiera otra vez a la azotea a fumarse un cigarro. Ahora que no podía hacerlo afuera en su vereda, lo hacía en la azotea. Le habló, le contó lo de las noticias, que podían sacar al anciano después del toque de queda, que era mejor de esa manera, que así protegerían a su familia, que todo saldría bien. Lo convenció de su plan.

Fermín, nervioso, aceptó.


—Ya —dijo, agarrándose el brazo que tenía el cigarro. —Te veo a las 4 p.m. —y apagó el pucho con el pie. Se dio media vuelta y se fue.


Manuel lo vio irse. Sabía que era un poco descabellado, pero tenía esperanza en que su plan funcionaría. Habló con Maryori, su compañera por los últimos diez años, y dejó todas las indicaciones listas con ella.

***

Las luces de las casas de enfrente empezaron a apagarse. Ahora que había el toque de queda, la gente se acostaba más temprano. O iba a ver tele en su cuarto, pero ya no había mucha actividad a partir de las 9 p.m. Sólo un rato más y ya podrían salir.


Se entretuvieron hablando de lo último que había dicho el presidente, de los bonos de ayuda, de las bolsas con comida, ayudas que esperaban les llegara de alguna forma. También comentaron cómo en un edificio en una zona pudiente querían botar a los médicos que vivían ahí o hacerlos usar solo la escalera de servicio. Los trataban como apestados, a ellos, que están arriesgando sus vidas día a día.


—Por eso, nadie debe saber quién es el muerto. Y que el muerto está al lado de nuestras casas —dijo Manuel como señalando la obvia realidad. En respuesta, Fermín le mostró a Manuel el cartel que ya tenía preparado.


ATENCIÓN:

MURIÓ DE COVID—19

LO SENTIMOS


—Vamos, ya quiero regresar a mi casa —dijo Manuel


—Te sigo —dijo Fermín.


Caminaron hacia el cuarto donde todavía yacía el anciano en el suelo. Fermín dio unos pasos hacia la ventana de la sala y se fijó que no hubiera ni un alma. Los focos de la calle ya estaban apagados. No había ni perros callejeros a esa hora.


—Ya podemos salir —dijo Fermín señalando la calle con un movimiento de su cabeza.


Manuel respiró hondo.


—¿Estás listo? —preguntó.


Fermín asintió sin mirarlo a los ojos.


Con mucho esfuerzo lo levantaron unos centímetros y así con mucho cuidado y con múltiples descansos a lo largo del camino, lo acercaron a la puerta. Antes de abrirlo descansaron un rato para recuperar fuerzas. No podían parar tantas veces una vez estuvieran fuera de la casa.


—La última parte, ahora… ¿Tienes el cartel? —preguntó Manuel.


Fermín lo sacó y lo puso encima del cadáver.


Abrieron la puerta y con mucho cuidado arrastraron el cadáver. Cerraron la puerta, se miraron a los ojos para contar 1, 2, y 3 sólo con la mirada y no tener que hacerlo con sus voces.


Hicieron un esfuerzo máximo hasta que no pudieron más y pararon en medio de la pista. Se apoyaron sobre sus rodillas. Todavía estaban a medio camino. La última parada era el basurero local, una esquina con unos cilindros que había puesto el municipio.


No era el lugar más cortés, pero era el más lejano de las casas del barrio. Además, el camión pasaba muy temprano a recoger la basura y así podrían encontrarlo antes de que el sol empiece a calentar.


—Vamos, ya falta poco —dijo Fermín esta vez.


Manuel se acordó de sus tiempos en el servicio militar cuando sus piernas ya no daban, pero el instructor te mandaba a hacer 100 ranas más. Ahora le tocaba a sus brazos. Asintió con la cabeza.


Llegaron al borde del basural que a decir verdad estaba limpio. Con esto de la pandemia el camión de la basura pasaba dos o tres veces al día y la gente salía menos a botarla.


—Ya, ya está hecho —pensó Manuel.


Regresaron a sus casas sigilosamente caminando a un paso natural y sin hablar, como si no se conocieran.


Cuando ya llegaron a la vereda y uno debía irse para la izquierda y otro para la derecha, Manuel soltó una frase que hizo que Fermín se detuviera por un segundo.


—¿Harías lo mismo por mí? Yo lo haría por ti, por tu familia.


Fermín, no dijo nada, sólo lo miró un poco espantado. No, ellos no se habían contagiado. Además eran relativamente jóvenes y fuertes. Sobre todo Manuel. Nada les iba a pasar.


Entró a su casa rápido, queriendo poner todo lo ocurrido detrás una vez que él diera el portazo final. Manuel pensó que ya no había nada de lo que arrepentirse, ya estaba hecho y solo quedaba seguir adelante.


Ya en su cuarto, Fermín encontró a su esposa y a su hijo acurrucados en la cama matrimonial. Se fue a dar un duchazo y dejar que el agua se llevara los recuerdos de ese día.


A la mañana siguiente, las manos de su esposa lo levantaron para alertarlo de la conmoción que se estaba armando afuera. Se había dormido tarde e incómodo en la pequeña cama de su hijo, pero había sido mejor así, para poder quedarse a solas con sus pensamientos.


—Fermín, Fermín, ya se dieron cuenta del cuerpo —dijo Carmen, su esposa.

Medio legañoso de acercó a la ventana discretamente y en efecto vio a los barrenderos alarmados, tratando de llamar a sus jefes, a la policía, al hospital.


No eran muchas personas, más que nada los trabajadores de limpieza y uno que otro vecino que salía a comprar el pan. Algún curioso que pasaba se acercaba por ahí y una vez que leía el cartel, se alejaba rápidamente. Los demás guardaban sus distancias y se podía escuchar el alboroto porque se habían parado en la vereda cerca a la puerta de su casa. Después de un rato se vio un carro de la policía, la camioneta del ministerio de salud y una ambulancia. En todo el barrio se expandió la noticia. Cerró la cortina sin emoción y se volvió a tirar en la cama mirando al techo.


Los siguientes días los pasó pensando en la tristeza que debió haber sentido aquel

anciano sólo y triste, teniendo que ser envuelto por unos desconocidos o medio conocidos. Se preguntaba si sus hijos se habrían aparecido en la morgue, si los habían dejado despedirse o solo había sido enterrado en una fosa común o incinerado con los otros cuerpos infectados, como decían en la televisión.


Por otro lado, también pensaba en que la idea de Manuel había funcionado. Nadie había sospechado nada. El hospital se llevó el cadáver y no vinieron para decir quién era. Sólo pasaron a fumigar todo el barrio con trajes de ciencia ficción y unas mascarillas sofisticadas a las que la gente como Fermín no tenían acceso. Pero nadie los miraba como apestados y sus familias podían a comprar los alimentos básicos que necesitaban.


Una semana después de enfardar al vecino, Fermín subió al segundo piso a fumar su cigarro y llenar sus pulmones de humo negro. El único lugar donde probablemente había hubo negro en la ciudad en esos días era en los pulmones de los fumadores. El cielo azul, el sol brillante y las bandadas de pájaros eran ahora algo de todos los días. Jamás pensó que vería una noche estrellada en el cielo de Lima. Eso sólo pasaba cuando iba a visitar a sus parientes en los campos limpios de la sierra peruana. Como tampoco se imaginó que algún día iba a tener que dejar a su vecino muerto en el lugar donde recogen la basura.


De repente un silbido lo sacó de su ensimismamiento. Era Maryori, la esposa de Manuel.


—Manuel no está bien. ¿No lo has escuchado? —le dijo, sin darle un segundo para saludarla.

—No, no, para nada. No me ha mandado ningún mensaje. Nada.

—Está que tose y tose. Se ha puesto bien mal.

—Hay que llevarlo al hospital.

—Eso le digo yo, pero no puede ni moverse. No puedo moverlo sola. Además, si se va, ya no lo vamos a poder ver —dijo sollozando— ¿Y si no regresa? ¡Se va a morir solo!

Un río de lágrimas corría por la cara de Maryori, como si se las hubiera estado guardando por días. Fermín iba a decir algo más, pero se contuvo antes de comenzar la frase. Sabía que ella tenía razón. Los hospitales estaban atiborrados y los pacientes estaban ya en los patios o en los estacionamientos de los hospitales. No había visitas familiares, ni alguien te agarre la mano mientras dabas tu último suspiro.


Maryori se enjugó las lágrimas y con una voz más grave procedió a pasar el encargo de Manuel.


—Dice que está listo. Tú ya sabes para qué. Ahora le toca a él.


Otra vez Fermín apagó el cigarro con el pie, pero esta vez se puso las manos sobre la cintura.


—¿Y quién me va ayudar? ¿Vas a ser tú? —dijo firme.


Maryori, terminando de limpiarse las lágrimas, dijo:


—Sí, yo lo acompañaré hasta el final.


Fermín bajó determinado al primer piso. Vio a Carmen recogiendo la mesa y le dijo:


—Por favor, consígueme otra máscara y unos guantes esta vez.


Su esposa asintió. Ya sabía por qué era. Lo había presentido. Se fue rápidamente a buscar los implementos en el cuarto de al fondo donde guardaban el botiquín.


Fermín se sentó al borde de su cama, con las manos apretadas y desesperadas. Luego vio en el ropero entreabierto una manta con un dibujo de tigre y pensó que esa sería la envoltura final y perfecta para un hombre como Manuel. La agarró y en ese momento entró Carmen con las cosas que le había pedido. Las tomó como un cirujano toma sus utensilios y se dispuso a prepararse calmadamente para despedir a su amigo en algunas horas.


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