• Adriana Rodríguez

La teoría del año bueno y el año malo

Cuando le dije a mi psicólogo que mi vida se regía por el año bueno y el año malo no se aguantó y soltó una risa. Luego volvió a su cara neutral. Tenía el don del poker face.

Le conté como a través de mi vida yo sentía que habían años buenos, increíbles, fascinantes, donde cosas inesperadas y excitantes ocurrían así de la nada y sin duda eran mis años más felices. Éstos se alternaban con los años malos, donde realmente pasaron cosas terribles, momentos de depresión, fuertes peleas familiares o la muerte de alguien muy querido.

Estos años no siguen necesariamente el calendario gregoriano. Es decir, no siempre comienzan en enero y terminan en diciembre. Antes pensaba que estaban más ligados a mi ritmo académico, ya que toda mi vida he estado vinculada a un colegio o universidad, pero ahora creo que más que nada están influenciados por el sol. Cuando vivía en Perú sí eran de enero a diciembre, pero cuando me mudé al hemisferio norte y los veranos ocurrían en junio en vez de diciembre entonces esto también cambió.

Cuando fui a hablar con Ezra, mi psicólogo, yo fui segura y confiada que él entendería mi teoría de los años buenos y malos. Por el contrario, la desarmó sin piedad.


—Estoy en una encrucijada. Van a hacerme una evaluación general en el trabajo el próximo octubre —dije mordiéndome las uñas.

—¿El próximo año?¿Sólo a ti?

—No, hay otros compañeros que también tienen que pasar por la evaluación. No se escoge, es al azar.

—Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Piensas que no eres buena en tu trabajo?

—No, es que lo que pasa es que esa evaluación ocurrirá en octubre del 2017… del 2017…—enuncié, enfatizando el año, a ver si se daba cuenta de la magnitud de mi dilema.

—Ya, ¿y?

—Y ese es… mi… año… malo… —«¡Obviooo!» pensé dentro de mí mientras decía esto.

—Tu año malo —dijo él, moviendo la cabeza como diciendo «Cuéntame más».

—Sí, y no sé qué pueda pasar. Seguro que mi evaluación va a salir mal —dije mientras me mordía las uñas de la otra mano.

—¿Pero por qué va a salir mal?

—Porque así siempre pasa en mis años malos, algo malo, sucede sin que sepa de dónde y usualmente es algo grande y siempre me pasa en cosas que no me las veo venir o de las que estoy muy segura que saldrán bien…y justo por eso tengo miedo, porque siento que voy bien en mi carrera, que mi jefe está contento, que mis estudiantes me aman y que los padres me adoran; pero de pronto hay algo ahí que no veo, un error que cometí, algo que descuidé, una queja que no se ha hecho presente todavía o el día que observan mi clase de pronto todo sale mal, de pronto la lección no es emocionante, o los chicos están con las energías bajas o no sé, tantas cosas.


Ezra bebió un sorbo más de su inagotable taza de café.


—Bien, ¿y qué alternativas tienes?

—Bueno, la coordinadora dijo que ese era el calendario de evaluación y que si teníamos una razón de fuerza mayor fuéramos a conversar con ella o con el director y de pronto lo podríamos cambiar.

—¿Y tienes una razón de fuerza mayor?

—Pues para mí sí, pero para ellos tal vez no.

—¿Por qué no?

—Porque imagínate sacar cita con ellos, sentarme ahí, en la oficina del director, mirar todos sus diplomas y premios, ver a la coordinadora preparando su cuaderno de apuntes para escribir cada detalle relevante de la reunión, con su lapicero morado que no deja manchas y su cuaderno cuadriculado importado de Suiza y todo para decirles que no puedo pasar por mi evaluación en octubre del 2017 porque es el comienzo de mi año malo. Imagínate. Imagínate que ridículo sonaría. Imagínate lo que pensarían. ¡Qué falta de profesionalis…! —me escuché a mí misma y no completé la frase—. Ok, ya entendí —y yo también me reí.


Cómo extraño a Ezra. Nadie como él para hacerme ver las verdades de la vida y aniquilar mis ideas preconcebidas. Después de un tiempo se mudó a Canadá y ya no pudo seguir siendo mi psicólogo.

Foto por Laura Prada

Para mí el asunto del año bueno y del año malo era tan claro como el día y la noche, es más, puedo regresar hasta los primeros años de mi adolescencia y trazar una línea del tiempo e indicar eventos grandes y simbólicos en cada año que pueden ayudar a ilustrar mi teoría.

El año de la evaluación fue el 2017. Ese año me la pasé angustiada porque sabía que algo grande iba a ocurrir, pero no muy positivo. Me obsesioné con que era mi trabajo porque en ese momento hubiera sido el acabose para mí. Había sacado un proyecto de intercambio estudiantil que tenía muchas partes y mucha responsabilidad pero que estaba yendo viento en popa.

Sin embargo, la vida, sacavueltera, me volvió a dar por donde no me lo esperaba. Cuando me di cuenta de que la muerte de mi padre era inminente ya era muy tarde. Con las justas conseguí un avión para asistir a su entierro y eso porque mis hermanos retrasaron el entierro para que llegue mi vuelo. Sentí un hueco en el alma o como si un huracán hubiera arrancado el techo de mi casa.

Después de Ezra tuve a una nueva psicóloga a la que también le conté mi teoría de los años buenos y malos y aunque ella no se rió, muy delicadamente me dijo que esas eran percepciones mías porque la vida está toda mezclada con tiempos altos y bajos, con remecedoras tormentas y alegrías máximas que ocurren sin tener en cuenta el año, mes, hora o carta astral.

A ella ya no la traté de convencer, ni a ella ni a otros a los que le conté mi teoría y que también soltaban risitas.

Foto por Laura Prada

Hace poco un amigo me dio un libro sobre numerología y hojeándolo vi que al final hablaban de que hay una secuencia de años dentro de cada ciclo de la vida y que varían de acuerdo al año en qué naciste, las letras de tu nombre y la edad que tienes actualmente. Lo miré y pensé: «¡Ja! Ya lo presentía. Después de todo había algo de cierto en mi teoría. No estaba loca.»

Pero esta vez ya no le di la importancia de antes. Ya no pensé en lo aterrador de los años malos, aunque tampoco en el éxtasis de los años buenos. Y ahora que estoy en el 2020, en la última mitad de mi año “malo”, ya no me causa angustia porque ahora siento que de todas maneras estoy lista para recibir cualquier año, sea como fuere, y lidiar con él hasta que uno de nosotros salga victorioso. En cualquier caso, siempre habrá un año bueno después.




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