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  • Foto del escritorAdriana Rodríguez

Magia

Sara, mira lo que has hecho de mí. No quería esta vida, pero me llevaste a ello y ahora estoy condenado a este rincón del mundo.


¿Recuerdas cuando te dije que te bajaría la luna si me lo pidieras? Pensé que entenderías que era una metáfora delatando mi amor incondicional. En cambio, tú trajiste un banquito, te sentaste bajo el cielo estrellado y pusiste tus manos sosteniendo tu cara. "Estoy lista", me dijiste. Yo, primero atónito, me reí luego. Un poco más de lo que debería porque enfurruñaste la nariz. Comenté cómo tu sentido del humor y tus grandes expectativas me indicaban que eras la indicada para mí. Manifiesta tu deseo al universo y se te concederá, pensé. Tú lucías bastante desencantada. Tu sonrisa se aplanó y tus ojos se volvieron inexpresivos. Inmediatamente pensé en algún truco barato que los tíos hacen en las reuniones familiares. "Puedo convertir un billete en una camiseta", dije tratando de cautivar tu interés. Volteaste los ojos. "Ok, ok, ¿qué te parece si hago desaparecer tu nariz?", sosteniendo una sonrisa de payaso. Te reincorporaste y estabas a la expectativa pero luego te desbarataste encima del sofá cuando te diste cuenta que era el juego de niños donde se pretende tomar la nariz de uno pero lo que se muestra es el dedo gordo trabado en los otros dedos de la mano. Te pusiste una almohada sobre la cara y lanzaste un suspiro que se escuchó hasta el siguiente lunes.


Desesperado, miré a los lados y vi una moneda en el suelo. La recogí mientras me ignorabas y reconsiderabas tu relación conmigo. "¿Y si te saco una moneda de la oreja?", musité. Levantaste una ceja y te acomodaste el cabello. Esperanzado, cogí la moneda del suelo y me enconmendé a la virgencita de Chapi. La moneda no me falló, apareció entre mis dedos sin que lo notaras. Sólo te vi parpadear una vez. "¿Y ahora? ¿La luna?", pediste en voz baja pero muy entusiasta. "No, no, primero me desaparezco yo", dije sudando. "Sé que lo harás", y tus palabras fueron órdenes.


Regresé a casa, borracho de éxito y con una nueva consigna. Pasé horas estudiando libros de magia, experimentando con objetos pequeños primero: un clip, la tapa de un lapicero, las migas del pan. No impresionaba. Avancé a objetos más grandes: sartenes, zapatos y lámparas. Algo mejor, pero tampoco impresionaba. Vamos, que no era la luna. Hasta que me lancé con los animales. Empecé con los impertinentes del edificio: el pajarraco que chirriaba a las doce y el chihuaha nervioso que vivía en el departamento arriba del mío. Tampoco te impresionarían pero me daba más confianza para animarme al gran final.


Sara, me hiciste mago, me cambiaste los sueños, me hiciste vivir entre la realidad y la posibilidad. Sin embargo, eso también tenía su precio. Cada mañana, al mirarme al espejo, la reflexión se hacía más tenue, como si una capa de mi materialidad se estuviera borrando. Me iba despintando. Con cada truco dejaba una sábana de mi ser en otra dimensión.


Traté de ir a rescatar esos pedazos que ahora flotaban en ese otro mundo. Pude recoger algunos al cruzar el dintel de lo posible cuando realizaba cada truco, pero cada vez se me hacía más difícil regresar a la dimensión real. Mis pasos se volvieron viscosos y mudos. Perdía más color pero vaya que me salían cosas más interesantes. Pasaba por puertas y cogía las cosas en el aire antes que se estrepitaran contra el suelo. La luna, sin embargo, aún me era esquiva.


Te vi por última vez una mañana resplandeciente en el invernadero del parque central. No podías tener una sonrisa más radiante. Me olvidé de mi transparencia. Me paré frente a una de las ventanas que estaban restaurando. Los cristales de colores que ya tenían varias décadas empezaban a resquebrarse. Iban a ser reemplazados en un esfuerzo por recuperar el esplendor de los años dorados de aquel palacete.


"Juan, lo hiciste", dijiste al borde de las lágrimas. "Por mí, sólo por mí", continuaste. Estupefacto, quise acariciar tu rostro y explicarte que no había logrado bajarte la luna, pero estaba paralizado. Mi transparencia había llegado a su punto máximo y ahora cubría el vacío en la ventana, inmóvil y brillante como una luna, un vidrio más adornando la ventana.




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