• Adriana Rodríguez

No hagas nada estúpido

Actualizado: 11 de jun de 2020

No hagas nada estúpido, decía el horóscopo de esa semana. Ten cuidado con el alcohol. Rafael no lo leyó.


Ni se percató.


Frustrado, al ver los números en declive de su compañía, agarró la botella de whisky que le había llegado por su cumpleaños y se sirvió la mitad del vaso. Sin hielo.


No hay un puto refrigerador en esta oficina, pensó. Sólo este calor infernal.


Se sentó en su silla giratoria, lo único que le gustaba de ese nuevo espacio alquilado, y empezó a beber mientras tenía la mirada fija en su computadora. Dejó que el whisky pasara sin problemas. No lo saboreó. Después, ya cansado de repasar las fallidas cuentas, empezó a tontear con el teclado, saltando a través de los diferentes íconos en la barra al borde de la pantalla. En eso, apareció frente a él: el último mensaje que ella le había mandado. Ahí, le había contado que le iba bien con sus nuevos proyectos, que la idea que él le dio al final funcionó y que se lo agradecía. Casi se asomaba una sonrisa en su cara. Puta, al menos alguien me agradece algo, carajo, y cogió el vaso otra vez. El alcohol no tardó en desvanecerse.


Sintió el calor en su garganta, pero ahora solo quería repasar las conversaciones con ella. Siempre eran chéveres. Con ella se podía relajar, hablar del ayer, del presente, del mañana. Ella lo entendía tan bien y le pedía tan poco. Además, con cada mensaje que recibía él se la imaginaba con su cara iluminada, con sus hermosos dientes blancos y toda ella llena de vida.


Dio otro sorbo más, ahora él también sonriendo y recordando con placer esos momentos con ella. Por un rato su mente deambuló en esos parajes, pero luego algo de nuevo lo trajo a la realidad. Se le borró la sonrisa. Se bebió otro trago apresuradamente. Se sirvió un poco más ahí mismo. Sin embargo, su frustración empezaba a asomar otra vez: se acordó de los números, de su vida perfecta y aburrida, de compromisos tontos, de contratos que cumplir, de fechas a las que llegar, de llamadas que devolver. Todo se hacía difícil de soportar.


Dio un sorbo largo como queriendo pasar ese trago amargo que es la vida. Y ahí, lo invadió la tristeza. ¿Por qué no puede regresar a mí? ¿Por qué no puede estar aquí conmigo? ¿Por qué no podemos retomar las cosas donde las dejamos? Yo podría dejar todo por ella, por estar con ella… Creo… no sé… sí, creo que sí… Ya empezaba a sentir los efectos del alcohol tomado al galope y sin haber almorzado. La preocupación le había quitado el hambre.

Ahora sólo añoraba los brazos de ella, envolviéndolo; su olor, que podía reconocer así pasasen cien años; su risa, la emoción cuando le hablaba de cosas que eran importantes para ella; su cabello ondeado y brilloso, que cuando se expandía por la humedad la hacían ver como una reina solar con la corona incluida. Y ya casi se le salían las lágrimas. Pero no, no podía permitirse eso. Sólo empujar el vaso un poco más. Ese whisky realmente sabía a madera.

Se paró, caminó un poco por la oficina a ver si así se le pasaba la tristeza y la cólera. Puta madre, todo este tiempo metiéndole ganas, sacrificando todo, poniendo el 200% y luego pasa esta mierda de pandemia. ¡Aarghh!! Todo, todo, todo se va a ir a la mierda. Cogió la botella y empezó a beber como si fuera un biberón de leche.


Para cualquiera el calor en la garganta hubiera sido más que suficiente para detenerse, pero para él no. Él ya no tenía nada que perder, ya lo había perdido todo. Su negocio, la vida que había construido, y a ella. La tristeza se apoderó de él otra vez. ¿Por qué? ¿por qué no puedo verla cada día?... ¿Por qué nos encontramos otra vez? ¡Maldita sea! Pero en el fondo él estaba feliz de que se hayan encontrado. Es lo que él había estado queriendo hacer por años, pero no se atrevía. Le daba miedo. Sabía que tenerla frente a él otra vez lo pondría de cabeza y un beso de ella, le haría perder el sentido de la realidad. Esa realidad que recordaba cada mañana al abrir los ojos y escuchar que Cecilia, su esposa, lo llamaba para el desayuno.


Volvió a su silla giratoria, se echó para atrás y contuvo una lágrima. Luchaba tanto para tener una vida feliz y ahora todo eso parecía derrumbarse, hacerse añicos. Su empresa de plásticos no soportaría esta debacle económica. Tenía pocos años y había puesto su alma en ella, pero una economía paralizada totalmente por varios meses era más de lo que esta podía soportar. Perdería el departamento, la camioneta, la oficina, la membresía en el club, tendría que venderlo todo para liquidar a los empleados, incluso, tal vez, regresar a la casa de sus padres.


Ella conocía esa casa, de los tiempos cuando andaban juntos. Por eso, había decidido dejar ahí las fotos que conservaba de ella, que mostraban sus vidas entremezcladas. Rafael lo sabía todo sobre la vida de ella y ella también sobre la de Rafael. El antes y el después. Los puntos débiles y los del goce. Bebió un sorbo triste, despacio, pequeño, apoyando los labios en el vaso. Miró su computadora y lentamente se puso a leer las conversaciones pasadas.


¿Cómo te hacía sentir cuando te tocaba?, le había preguntado él un día en uno de los mensajes. Ella había respondido con un párrafo que le escarapeló el cuerpo. Releyéndolo, no pudo evitar deshacerse en llanto. Él también recordaba su piel, su olor, el brillo de su carne a la luz del sol. Cómo sus dedos se deslizaban sin problemas por cada rincón. Lloró. Lloró fuerte. Lloró al no poder sentir esa piel bajo sus dedos. Esa piel con la que quería dormir envuelto. Lloró porque ya no había oportunidad para ellos. Lloró porque aún después de tantos años no podía decir que la había olvidado sino que la amaba cinco niveles más adentro de lo que su corazón mostraba. Lloró hasta que los mocos le salieron. No podía parar. Volvió a tomar más de la botella a ver si con eso se le detenía la congoja pero no fue así. Claro que no fue así. Sólo salían más lágrimas amargas.


En ese momento, se escuchó un timbre lejano. Era su celular. Su esposa lo estaba llamando para decirle que iba a pasar por la oficina a recoger unos papeles y así podrían regresarse juntos antes del toque de queda. Rafael ni lo miró, dejó que sonara. Varias veces.


Se acercó a la ventana tambaleante tratando de agarrar un poco de aire y calmarse. Lo logró a medias, pero no dejó de beber. Ahora tomaba pequeños sorbos pero constantemente, como queriendo acabarse la botella, como queriendo borrar su vida. Pasó así unos minutos. Luego se desparramó en el suelo bajo la ventana, con la espalda pegada a la pared y la botella casi vacía.


Tac, tac, tac, resuenan los tacones de alguien que se aproxima a la oficina. Cecilia abre la puerta con determinación.


¡Hola! ¿Qué haces ahí? ¿Qué ha pasado? le dice a Rafael.


Él trató de decir algo, pero sus palabras estaban amalgamadas, espesas, no se le podía entender nada.

Ella vio la botella casi vacía e inmediatamente llamó a la clínica. Mientras esperaba que llegara la ambulancia, lo miró con pena. Ella sabía cuánto se había esforzado en los últimos dos años para hacerse de un nombre en la industria plástica. Trabajar 14 horas al día, reunirse con los clientes cuántas veces quisieran, guardar cada centavo que ingresaba para reinvertirlo y contratar más personal o un equipo nuevo. Y ahora todo eso estaba en juego. Después de esta paralización sólo podía venir una recesión mundial y todos sus sueños se esfumarían: el terreno en la playa, la casa de campo, el auto convertible. Ya eso era historia.


Vio las luces de la ambulancia aproximarse por la ventana. Salió a la calle a indicarle a los enfermeros dónde se encontraba Rafael, quién no se había movido ni un milímetro.


¡Por aquí por favor!, gritó y entraron con una camilla.


¡Señor, señor! ¿Sabe dónde está? dijo el paramédico mirando a Rafael. No hubo respuesta.


Vieron sus pupilas dilatadas y su piel que empezaba a sudar el alcohol proveniente de la botella de whisky.


Lo tenemos que llevar. Tal vez haya que lavarle el estómago. Es demasiado alcohol en su sistema de golpe.


Ok, ok, vamos, entonces —dijo Cecilia agarrando su cartera.


—No, debido al COVID-19 hay nuevos protocolos, sólo el paciente puede ir. Usted puede llamar a la clínica o nosotros la llamaremos para informarle sobre el estado de su esposo.


Los enfermeros alistaron la camilla, lo agarraron con cuidado y en tres segundos Rafael ya estaba arriba. En eso pareció despertar, pero sólo fue un movimiento de su boca, sin soltar palabra alguna. Cecilia se tranquilizó.


Volteó para guardar la computadora de Rafael cuando de repente escucha salir de la boca de él:


¡Amoooor! ¡El whisky que me regalaste estaba buenaaaazoooo! ¡Tú siempre sabes lo que me guuustaaa! —y se le dibujó una sonrisa en la cara, pero manteniendo los ojos cerrados.


Cecilia se inquietó, ella no le había regalado ningún whisky. ¿¿¿Y a quién llamaba amor???


Caminó hacia la calle con los enfermeros, esquivando la miraba. No quería que vieran que se le estaban llenando los ojos de lágrimas. Los vio cerrar las puertas de la ambulancia mientras Rafael balbuceaba inconsciencias.

El corazón de Cecilia empezó a latir a mil por hora. Sentía que le empezaba a faltar el aire. Empezaba a sollozar cuando escuchó un ¡ping! proveniente del celular de Rafael. Era un mensaje en el Whatsapp.


¡Hola! ¿Y te gustó el whisky que te mandé? ¿Ya lo probaste?


Vio el nombre pero no le sonó a nada, pero cuando hizo click en la foto la reconoció instantáneamente. Era ella, la de los años locos. La había visto en persona en un par de ocasiones que prefería olvidar y también en algunas fotos que Rafael había traspapelado por ahí. Cecilia las había quemado antes de mudarse a su nueva casa. También había entrado a las redes sociales de Rafael y la había bloqueado, para que nunca se vuelvan a encontrar. O al menos eso pensó ella, pero al parecer no había servido para nada. Al menos Rafael tuvo la decencia de borrar los mensajes anteriores porque no quería leer más detalles. Ya se los imaginaba.


Estaba destrozada, pero ya no quería lucharla. Se secó las lágrimas, cerró la computadora y caminó por la oficina buscando sus últimas pertenencias. Cerró la puerta con llave al salir y al final, tiró la llave hacia atrás. Ya no la necesitaba. Cecilia ahora sólo quería mirar hacia adelante y empezar de nuevo.



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