• Adriana Rodríguez

Pequeñas batallas

El día de su cumpleaños número 35, Arantxa se miró al espejo después de lavarse antes de irse al trabajo y ahí, saludándola con la mano en alto, estaba su primera cana real. Justo en la parte media de su cabeza.

Para ella esto era una sonrisa burlona de la vida. Lo poco que le quedaba de su belleza de juventud también le hacía un guiño y le decía que ya estaba por irse. Trató de peinarla, hacia abajo, ocultarla como se esconde el polvo bajo la alfombra o un examen jalado para que los padres no lo vean, pero ésta se rehusaba a ser escondida, olvidada.

Por el contrario, se levantó enhiesta, sólida, firme. Arantxa miró más de cerca y se dio cuenta de que en efecto, esa cana era más gruesa que el resto de sus cabellos y que a pesar de que tenía varias curvaturas y retuerzos, ésta se erguía sin piedad.

Después del shock inicial, la desolación la invadió. El ver que la vida le advertía que su época de sueños y aventuras estaba empezando su final le pareció inquietante. Sin embargo, no era la primera vez que la vida le hacía esta jugada. Ya hace unos meses se fue espantada al oculista debido a unos puntos negros en su visión. Temiendo lo peor, el comienzo de una ceguera total, se quedó aún más anonadada cuando le escuchó decir a la doctora sin vacilar: “Ah sí, esos puntitos aparecen con la edad, pero de ahí te vas a acostumbrar.” ¡¡¿¿La edad??!! , ¡¡¿Qué edad?!! -se preguntó a sí misma alarmada. Se fue del consultorio convencida de que ella debía ser la excepción de la regla, una anomalía médica, un caso inusual, pero dentro de sí estaba conteniendo las lágrimas.

Esta vez, antes de entrar en un ataque de llanto tuvo un momento de lucidez y decidió su siguiente acción. Abrió con frenesí el closet de las toallas, donde también guarda las medicinas, los bloqueadores solares, el maquillaje y los esmaltes de uñas. Miró rápidamente pero sus ojos no hallaban lo que ella buscaba. Se desesperó. Cerró los ojos. Juntó fuerzas, respiró hondo y volvió a sumergirse en ese mar de toallitas húmedas, bolitas de algodón, pinceles, limas y cepillos hasta que por fin en uno de los cajoncitos vio lo que la podía ayudar. Dio un respiro.

Había un par de opciones y pensó que sería mejor la versión más grande de esa herramienta. Sin embargo en la gran pila de objetos guardados en ese pequeño cajón, se le hacía imposible hallar tal versión. Todo se confundía en un mar de utensilios, como sus pensamientos, a montones, uno encima del otro, sin poder distinguirse entre ellos.

Se empezó a desesperar otra vez. Ya no lo pensó más. Agarró la primera herramienta que vio. Era muy pequeña. Tal vez era una que usó cuando sus hijos estaban muy chiquitos todavía. Aún así no dudó que podría hacer el trabajo. Ella haría que lo haga, como había logrado doblegar tantas otras voluntades.

Se paró frente al espejo, se separó el pelo y acercó el cortauñas lo más que pudo a la base de la cana. Se detuvo un segundo a tomar una fotografía mental de ese momento. Su cabello en ondas largas, suelto y libre como a ella le gustaba. Su rostro mostraba unas ligeras ojeras de los últimos días de mala noche debido al trabajo. Se paró abriendo las piernas, casi en una power stance, como los ejecutivos de Wall Street, con seguridad y confianza en sí misma. Peores cosas había enfrentado; esto era sólo una cana.

Al primer intento de cortarla se cortó tres pelos que no eran canas y se preocupó ligeramente. Primeramente, porque ya había notado que cada día encontraba más cabello en su peine y no quería contribuir a que le quedase algún hueco en su melena (¡y todavía en la parte central!) y en segundo lugar, porque se dio cuenta de que la tarea no sería tan fácil como ella lo había pensado. Nada podía ser fácil para ella, siempre se veía forzada a mostrar su lado más recio.

Volvió a respirar hondo y ahora sí, con toda la concentración del mundo, se acercó con movimientos milimétricos al espejo, a la base de la cana y a la posibilidad de borrar este agravio de la vida, este aviso no bienvenido.

Clic, sonó.

Una sonrisa se volvió a dibujar en el espejo. Tiró el cortauñas al lavabo, se chequeó el peinado y se fue caminando, triunfante y exhausta, por el pasillo.



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