• Adriana Rodríguez

Sal, sol, solcito...

Actualizado: 28 de jun de 2020

Sólo después de vivir varios años en el hemisferio norte pude entender por qué los Incas adoraban al sol. Cuando escucho a mis amigos limeños hablar de cómo los veranos son insoportables en Perú, que nunca se acaban, que están hartos de bañarse tres veces al día, yo los escucho con envidia. En esta parte del mundo donde vivo, se espera con ansias el calor del sol, ni siquiera de verano, nos quedamos agradecidos con cualquier temperatura sobre cero centígrados.

Foto: Laura Prada

Toda mi vida viví en el Callao donde el sol y la playa son parte de tus veranos. Yo también era de las que se quejaban de sudar, de no poder dormir con ese calor y aunque de niña me encantaba ir a la playa, con el tiempo la emoción se me pasó. Recuerdo decir a mis amigos que me encantaban los días nublados y caminar bajo la lluvia de Lima (que sólo más tarde me di cuenta que eran risibles con las que vería después). Tal vez me gustaba la melancolía que traían los días grises, ese enfoque en tus pensamientos y esa sensación de que estás en un video de Coldplay.


Sin embargo, más que el calor lo que más extraño es la luz o la longitud de los días.


Cuando decidí quedarme en Estados Unidos definitivamente para hacer mi maestría, me tocó estudiar con un grupo de griegos. Ellos ya estaban en su segundo semestre mientras yo, recién empezaba. Había una muchacha griega, muy llena de vida, de color, que me hacía recordar a la Sandy vestida de cuero negro y grandes bucles al final de “Grease”. Siempre hablaba montones en clase, sobre lo académico pero sobre todo de lo personal, y tenía un gran sentido del humor.


De repente un día no se apareció. Después de unos días sí lo hizo, pero su expresión había cambiado bastante, ya no hacía bromas y me había quedado sin saber del chico que la estaba llamando de Grecia todas las noches. Le pregunté a uno que la rondaba, un muchacho alemán, y me dijo: “No te preocupes, no le pasa nada grave. Lo que pasa es que ella es ‘solar’”. “¿Solar?”, le dije incrédula, porque el término me sonaba tan astronáutico.


—Sí, es que como ya se está yendo el verano y los días son más cortos, eso la está afectando. Se deprime.


—¿Eso es posible? Le pregunté.


—Sí, claro. Es que en Grecia, donde vivimos, hace sol tooodoo el año. ¿No la ves cómo es de bronceada? Además que ella anda mucho tiempo en la calle, y aquí no puede salir tanto entonces no le da el sol igual.


Me quedé sorprendida por toda esta conversación.


Really? ¿De verdad te puedes deprimir porque no te da el sol? Nooo, pensé. Me está floreando. Es que ese pata era como un vendedor de humo, contaba un montón de anécdotas que siempre estaban entro lo real y lo ficticio. De pronto es otro de sus cuentos, me dije. Yo ni notaba el cambio en la longitud de los días.


Pero resulta que el alemán estaba en lo cierto. Aquí, por la cercanía al polo norte los

Foto: Laura Prada
Foto: Laura Prada

días de invierno son cortísimos. La puesta de sol puede ser a las tres de la tarde eso significa que para las 4.30 ya todo está oscuro, oscurísimo. No como la noche de Lima que parece un ocaso que nunca llega. Aquí es oscuro oscuro, como en una película de terror.


Con los años esa falta de sol (y de vitamina D) se me acumuló y pasé por varios estados de desgano, melancolía, tristeza y finalmente depresión. No sabía qué hacer porque no tenía ningún problema grave entonces, de pronto sí era algo con el sol. Volví a repensar lo que me dijo el alemán.


En el trabajo habían contratado a una nueva chica (que ahora ya no está) en la parte administrativa y siempre se aparecía en el trabajo como que le faltaran dos horas de sueño. Con el tiempo, nos hicimos amigas y un día la vi casi abrazando una caja que parecía una lámpara mientras tipeaba en su escritorio. Ella también era solar.


—¿Y eso?


—Ah, es mi lámpara. Es porque me deprimo. Me da SAD*.


—¿Cómo así? —le pregunté intrigada. Y me repitió la misma historia del alemán. Pensé, sólo a los gringos les pasan estas cosas. Jamás he escuchado hablar de eso. Definitivamente eso no me pasa a mí.


Pero sí me pasaba.


Habían inviernos enteros donde hacía un esfuerzo máximo para no irme a dormir ni bien llegaba de trabajar a las cinco de la tarde. Tenía una visión pesimista de la vida, todo me aburría y me cansaba y yo sólo quería dormir. Sólo dos tazas de café al día me hacían aguantarlos pero con el tiempo eso erosionó las paredes de mi estómago. Cuando tuve que dejar el café fue una semana de mi vida de la que solo recuerdo momentos borrosos. Luego recordé la lámpara y las cosas fueron mejor. Después vinieron las gotas de vitamina D y sentarme frente a una ventana siempre. Descubrí que yo también era “solar”.


Después de unos años, un amigo del trabajo me confesó su pequeña depresión probablemente también por las mismas causas. Ahora con él alabamos los días iluminados, salimos a darle la cara al sol cuando podemos. En silencio, agradecemos por darnos su poquito de calor y su luz, lo sentimos en nuestras caras y entendemos por qué es un dios para muchas culturas.


El 22 de diciembre fue el solsticio de invierno en el hemisferio norte y a partir de ahí hay unos minutos más de luz cada día. Es la esperanza que sólo puede darte un dios magnánimo y generoso pero que te tiene en su poder.


*SAD (seasonal affective disorder o transtorno afectivo estacional)

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