• Adriana Rodríguez

Una noche de febrero

Actualizado: 2 de mar de 2020

Nos habíamos escrito por meses en el LatinChat, en los albores del Internet, cuando el sonido agudo y chirriante del módem te hacía sentir que realmente estabas en otra era: la del amor cibernético.

Corría a leer sus mensajes, usualmente cruzando los dedos para que a nadie se le ocurriera llamar en ese momento, cortando el Internet e impidiendo que bajen los e-mails. En sus breves escritos me contaba sus anécdotas de universitario bohemio, haciéndome reír y coqueteándome. Yo le respondía de igual forma.

A diferencia de otros chicos que de frente buscaban el encuentro en algún parque, él prefería las idas y venidas de nuestros cada vez más largos mensajes. Nos morimos de la risa cuando, después de quejarnos por todo el tiempo que pasábamos viajando a nuestras universidades respectivas, descubrimos que él estudiaba cerca a mi casa y yo cerca a la de él, pero en polos opuestos de la ciudad. ¿Por qué la vida es así?, me escribió. Así de irónica es, le respondí. Tuve el presentimiento que un vínculo nos uniría por largo tiempo.

Nos pasamos así algunos meses hasta que la fecha de su cumpleaños estuvo próxima. Él hablaba de unas chelas, de sus amigos de la academia y del Pollo Pier. Escucharía sobre el Pollo Pier muchas veces en los siguientes tres años. Yo pretendía entender ese mundo pero en realidad, recién salía del cascarón. Jamás había estado en un bar. Acababa de terminar mi primer año de universidad pero todavía tenía el espíritu de colegiala. Me invitó a que fuera a la reunión que estaba organizando en el local de la calle Porta y esgrimí una excusa, haciéndome la interesante: “Puede ser. No sé. Es que justo se me cruza con otro cumple de un amigo de por mi casa”. “Ya pues, sería bacán que vinieras”, insistió él. En realidad, yo me moría por ir pero no sabía cómo saltear la valla que era mi madre y su negativa ante mis pedidos para salir en las noches con mis amigos.

Pero esa vez, para mi sorpresa, dijo que sí. Si fue porque pensó que ya estaba en edad de andar sola, o porque me vio cara de seguridad cuando le dije que iba al cumple de un amigo de la universidad en Miraflores, o porque en ese momento estaba enfrascada en los llantos estereofónicos de mis pequeñas hermanas gemelas, no lo supe ni me importó. Yo corrí a agarrar mi nueva blusa verde limón. mi pantalón negro y me vestí apresuradamente. Cogí mi billetera y salí disparada antes de que cambiara de opinión. Me maquillé al vuelo en el carro de camino a Miraflores.

Llegué afuera del local del Pollo Pier y en ese momento recién se me ocurrió pensar ¿cómo sé quién es entre todo este mar de gente? Es que a diferencia de Tinder en estos tiempos post-modernos, los avisos del LatinChat eran bastante básicos. Dejabas una breve descripción y tu e-mail y esperabas que la flecha de Cupido llegara en la forma de un mensaje de correo electrónico. No habían fotos, ni los podías stalkear en el Face o seguirlos en el Insta. Simplemente era tu destino o no.

Me acordé que en una de nuestras conversaciones él mencionó que tenía pelo castaño y pensé que tal vez así podía ubicarlo. Parada al costado de la señora que vendía galletas y gaseosas me puse a idear un plan. En ese momento, veo salir a tres chicos y caminar unos pasos hacia la esquina, buscando al señor que vendía chicles y cigarros. Terminaron su transacción y regresaron otra vez al local. Pero antes de entrar pude ver al muchacho del medio claramente y tuve la sensación certera de que era él. Me sorprendió ver que tenía pelo largo pero más fue mi sorpresa cuando me di cuenta que ahora me gustaba un chico con el cabello largo. Era tan sedoso y brillaba más que el mío. Parecía de comercial de shampoo.

En los siguientes minutos me debatí entre entrar y no entrar, si debía acercarme de frente a la mesa o dar una vuelta como quién busca a alguien, si mejor me regresaba o si lo esperaba afuera hasta el final de la noche, pero de pronto una pierna dio un paso y la otra también y cuando me di cuenta ya estaba frente a ellos y dije “Hola” con una sonrisa.

–Holaaaaa. Vinisteeee –dijo mientras se levantaba a saludarme.

–¡Feliz cumpleaños! Quería pasar sólo un rato. No me puedo quedar mucho tiempo. —dije nerviosamente y alzando bastante la voz para que se me escuchara sobre el barullo de las conversaciones aledañas.

–Pucha, qué bacán que hayas venido. Mira, te presento a mis amigos. Eduardo, Carlos, esta es mi amiga Adriana.

Saludé con besito en la mejilla y me senté a la mesa donde ya había cuatro cervezas abiertas. Ahí entre risas y un desfile de personajes bastante coloridos pasamos una noche espectacular.

Hasta que me di cuenta que iban a ser las dos de la mañana y mi calabaza ya había caducado hace un par de horas. Pensé en irme, pero la estaba pasando tan bien y al final, si igual ya me van a resondrar por llegar tarde pues que son 15 minutos más,pensé. Pero realmente, yo quería quedarme ahí toda la noche. Me encantaba escucharlo hablar de sus anécdotas con los profes, de cómo casi entra a la UNI, de sus planes para ir a acampar a la playa ese verano, de su apasionada defensa a su canción favorita de Silvio Rodríguez, y que me coquetee entre rato y rato. Además, me preguntaba sobre mi y lo que me gustaba hacer, con más detalle que ninguna otra persona hasta ese momento y eso me hizo sentir especial. Había cierta familiaridad entre nosotros ya, pero también tanto por descubrir. Me olvidé del reloj.

Cuando salimos del local había una inusual garúa de verano. Un grupo más reducido de gente debatíamos dónde seguirla. Me subí a un taxi que nos llevaría a este otro lugar, aunque pensaba ahora sí creo que voy a llegar súpertarde a mi casa. Me senté en la parte de atrás pegada a la ventana y él al costado mío. Todavía hubo espacio para dos de sus amigos. Al tenerlo ahí al lado, vi sus ojos y ya no me importó la hora, ni el bullicio de Miraflores un sábado por la noche, ni la díscola conversación de los otros chicos, o el claxon del taxi abriéndose paso por las estrechas calles. Sólo sus ojos de cachorro triste parecían brillar. Me sonreían. Felizmente se acercó a besarme y yo le respondí. Todos esos meses de conversación, esa noche inusitada y ese nuevo nivel de desafío a la autoridad, sólo podían culminar así, con un beso intenso una noche de febrero.

Fachada del Pollo Pier. Crédito: Laura Prada

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